
Me gusta Baudelaire, dijo ella llevando al tenedor a su boca. Él la mira y más que nada se fija en la forma de sus labios y de las tantas ganas que tiene de besarlos, de jugar con ellos tan sólo un ratito siquiera, pero ella sigue hablando de Baudelaire; que es un maestro, que ella se identifica con un poema de él que dice más o menos así y que esto y lo otro, Baudelaire aquí y acá, que le hubiera encantado conocerlo, que prácticamente lo ama y el Baudelaire, Baudelaire, Baudelaire que él no se cansa de escuchar porque sencillamente sigue embobado mirando cómo esa boquita tan rojita y carnal se mueve mientras ella habla.
¿Y te gusta la poesía?, le preguntó ella bebiendo un poco de vino. Él se fija como tiñe de un leve rojo el contorno de la copa, piensa en lo afortunado que es ese objeto que puede ser capaz de saborear los labios de ella y de lo tonto que es él, que ni siquiera es capaz de contestarle algo y piensa, vacila y recuerda a su padre decirle a su madre poesía eres tú, pero duda en imitar esa escena y tampoco puede hacerlo porque ella cambia de tema y habla del maldito Baudelaire nuevamente.
Sabes qué es poesía, pregunta él. Ella se fija en lo desproporcionado que es su cuerpo, que le parece insignificante hasta siniestro, ¡que vaya la gran cita que le planearon sus amigas! Y que algo tiene que hacer para que él no hable, que la pone histérica la voz de pito que tiene y ruega a Dios que no le salga con el cuento de que poesía es ella.
Poesía eres tú, dice él mientras toma la mano de ella, la lleva a su boca para besarla y agradece a Dios por haberle concedido ese regalo.
Que saque su boca de mi mano, piensa y es ella quien la aleja de sus garras excusándose de que sintió su celular sonar.
Disculpa un momento, es algo importante, le dice ella levantándose del lugar. Él ve como ella se aleja y se fija como mueve su culito al caminar, que es lo segundo más bonito que le ha visto y qué no le haría en la intimidad.
Ella vuelve algo sonriente, él la mira con la obscenidad que le es habitual cuando ve a una mujer de tales proporciones divinas, mira nuevamente sus pechos, tan redonditos y perfectos que se los imagina besándolos. Se imagina a él mismo acurrucado al lado de ella compartiendo un cuarto de hotel barato, ella gozando cada contacto y él haciéndola feliz.
Ella se percata de cómo el mira esa ubre que tanto odia, qué es acaso la única parte del cuerpo en que un hombre se fija y odia por tenerlos grandes, odia a ese espécimen que la mira con cara de qué cuándo carajo nos vamos a un lugar más cómodo y se odia a ella misma por aceptar aquella cita.
Él llama al camarero para pagar la cuenta y piensa en ir a ese hotel que está en la esquina, y es ahí cuando la ve levantarse de la silla, recoge sus cosas y le dice rápidamente “gracias te llamaré cuando pueda”. La ve alejarse, perderse en esa infinita noche, ella feliz de que todo haya acabado y él decepcionado de no poder hacerla suya sólo una noche.


