lunes, 22 de febrero de 2010

Añoranza


Te fuiste de mi vida porque no tolerabas el mundo bohemio al que pertenecía, pero sabes que te añoro cada noche.

Pinto ese cuadro que siempre me pediste y que yo no lo hice porque tenía otros proyectos en mente, dibujo ese castillo a la orilla de un río y rodeado de pinos. Te imagino con esos vestidos antiguos en el balcón, tomada de mi mano. Pero te fuiste y el dolor que siento se hace cada vez más fuerte.
Por las noches sombras me acompañan en esta soledad, sabes que le temo a la soledad y el estar sin ti, me es una condena infinita.

Aún recuerdo esa tarde de Agosto cuando bajabas con dos maletas en tus manos, estaba lloviendo y me dijiste “me están esperando”, supe desde un principio que me habías cambiado por otro, pero, esa no era la mejor solución. No te dije nada ni me volteé para ver cuando habrías la puerta.

Han pasado dos años y sé que te casaste con ese tipo, que tienes una linda familia y que eres feliz. Sólo me queda dedicarte ésta canción “buena suerte en tú camino, yo ya tengo mi destino, con mi sangre escribo este final”.

Las Naranjas de Matilde


Con la Matilde nos conocemos desde que nacimos, prácticamente. Ella es la hija de la nana Rosenda. Compartimos nuestros juegos y nuestras andanzas y, a veces nos escapamos por el campo y nos vamos a la cascada a bañarnos, desnudos.
Pero el otro día la “Mati”, como le digo yo, no quiso bañarse. Yo me enojé mucho, pero ella no me quiso decir lo que le pasaba. Desde ese día anda rara conmigo. Yo no le hablo y me hago el que no la veo y ella “ídem”. A propósito esta palabra, “ídem” me la enseñó la profesora de lenguaje y quiere decir lo mismo.

Hoy voy a tener una conversación muy seria con la Mati y no voy a parar de insistirle hasta que me cuente qué le pasa. Para mí que anda enamorada del Ramón. Ramón es el hijo del jardinero Samuel y tiene como quince años.
Bueno, ayer hablé con la Mati, mejor dicho la obligué a hablar conmigo, le pregunté que le pasaba y ella me dijo que eran cosas de mujeres, lo que me dejó más metido aún.

Por la noche le pregunté a mamá qué eran las “cosas de mujeres”. Ella me preguntó el porqué de la pregunta. Bueno, yo le conté lo que había pasado con la Mati, pero por supuesto que no le conté que nos bañábamos desnudos, o si no todavía me estaría regañando y estaría castigado de por vida.

Mi mamá me dijo que la Mati se estaba convirtiendo en mujercita. Pero yo le dije que siempre había sido una mujer. Mi mamá me miró me miró y sonrió y después dijo muy seria: lo que pasa es que la Mati está creciendo. Me preguntó si yo no lo había notado. Yo le dije que no. Me fui a dormir, pero, la verdad es que no dormí mucho pensando en lo que haría al levantarme.

Tomé el desayuno y partí a buscar a la Mati. Pero la floja aún no se levantaba. La nana Rosenda me dijo que se encontraba un poco indispuesta y volviera más tarde, me fui a caminar por el campo a pensar lo que me había dicho mi mamá y entonces decidí que observaría todo lo que hiciera la Mati.

Volví como a las once a buscarla. Ahí estaba la perla, sentada bajo el naranjo, no le dije nada, sólo me limité a observarla y ¡no saben de que me di cuenta! La Mati tenía puesto un vestido y abajo del vestido tenía algo parecido al arnés que le ponen a los caballos y en el pecho tenía dos naranjas. Yo cuando la vi me puse a reír como loco y le dije que qué hacía con dos naranjas puestas ahí. Ella se puso roja y se fue corriendo donde la Rosenda a llorar. Parece que la regué. Ahora la Mati no va a querer jugar más conmigo. Por mientras voy a pensar como puedo disculparme. Lo peor es que no tengo idea por qué reaccionó así. Creo que iré al campo a cortar flores para traerle, como lo vi en una película.

Caminé por el campo, corté las flores más bonitas e hice un lindo ramo para la Mati, para que así me perdone, si es que la ofendí.

Desde lejos la vi y me fui corriendo a darle mis flores. Cuando me vio se puso roja, pero no lloró. Le pedí disculpas e hicimos las paces. Ella puso las flores en un jarrón y salimos a pasear por el campo. Fuimos a la cascada pero no nos bañamos. Y así fueron nuestros paseos, por largo tiempo. Las naranjas de Matilde iban corriendo cada día más y a mí me estaban saliendo pelos por todas partes. Mi voz a veces sonaba ronca y otras como pito, lo que me tenía muy preocupado, porque pensaba que me estaba convirtiendo en mono.

Anoche soñé que besaba a la Mati. Me levanté muy contento, fui a buscar a la Mati y nos fuimos a la cascada. Nos sentamos a mirar como caía el agua.
De pronto nos miramos y nos dimos nuestro primer beso.

domingo, 21 de febrero de 2010

La Espera


Eran las 23:00 horas de un frío día de invierno. Cogió la carretera y enfiló hacia el sur con un sólo objetivo en su mente, llegar pronto al Casino para saciar los deseos de jugar, esos deseos que lo hacían convulsionar a veces. No recordaba como había empezado todo y por nada reconocía la adicción por el juego.

Miró el escaso dinero que llevaba en la billetera, era todo lo que tenía, habían acabado los tiempos de opulencia económica, todo perdido en el juego. Lo único que no aposté fue mi familia e igualmente la perdí, pensó con amargura.

Apostó todo al número tres, mientras se dirigía a la barra como de costumbre a buscar el whisky que le preparaba con tanto cariño la barwoman. Aposté al número que me ha traído todas las desgracias, pensó, mientras regresaba al juego, la ruleta ya había terminado de girar y la flecha apuntaba al número tres, ha ganado señor Israel le dijo la crupier, sí ha ganado un millón de pesos. Por un momento se quedó impávido, recogió las fichas guardándolas en el bolsillo del gabán para regresar a la barra. Se quedó ahí por largo rato disfrutando del whisky y de la charla que le mendigaba a la barwoman.

No volvió al juego lo que era raro en un jugador compulsivo, ni siquiera se dio el trabajo de cambiar las fichas, de tanto en tanto se llevaba la mano al bolsillo y las tocaba como para asegurarse de que estuvieran ahí.

A las 04:00 am enfiló su regreso, el aire y la neblina lo terminaron de embriagar, no sabía a donde ir, conducía sin rumbo y sin prisa. Hasta aquí llego, dijo de pronto apagando el motor del coche en medio de la carretera, a pocos pasos de la caseta del guardavía quien estaría durmiendo la pea de aquella noche fría, mejor aún, se dijo con voz casi imperceptible , ahora sólo me queda esperar. Ocupó su tiempo en repasar cada capítulo de su vida no encontrando nada que lo hiciera desistir de tamaña decisión, era mucho el daño hecho, pensó en sus hijas, en lo mal padre que había sido en que ya no habrían más juergas, más minas y en un sinfín de cosas de su mente borracha mientras oía el silbido del tren cada vez más cerca, miles de imágenes pasaban raudas por su cabeza, nada de que aferrarse y de pronto ¡plum! ¡Plaff! El tren lo arrastraba a más de doscientos metros.

Al amanecer lo encontró el guardavía de turno entre los hierros retorcidos, irreconocible y con una ficha en el gabán.
Los noticiarios reportando el “accidente”, uno más para los anales de estadísticas.

Fotografía


Desde hace una hora el mentiroso compulsivo está en la terraza fumando su quinto cigarrillo. Me mira preocupado como si yo supiera algo, y es así, me enteré de todo.
Deja las cenizas en ese cenicero que compró en esos “supuestos viajes de negocios”, en los que creo que la llevó a ella; la otra mujer. Esa ingenua que cae rendidas a sus pies y que se derrite con sólo escuchar su voz, la que lo satisface cuando su mujer (yo) le dice que se encuentra indispuesta y la que cree que él es un soltero más de la vida.

Aplasta el cigarrillo en el cenicero y toma la chaqueta que había dejado en el sillón, frunció el ceño cuando se percató que el gato había estado encima de ella y la había dejado llena de pelusas. La sacudió con un movimiento leve dejando caer las pelusas, estornuda y ¡cómo no! Si es alérgico a los gatos. Saca las llaves del bolsillo de su pantalón y con un gesto me dice que salgamos, trata de tomar mi mano pero la alejo y me cruzo de brazos.

Salimos del edificio y nos subimos al automóvil, suena tu teléfono y no contestas, no te pregunto nada porque sé que es ella. Pones en marcha el coche y te diriges calle abajo, supongo que iremos al circo porque lo dijiste la noche anterior y lo haces sólo para fastidiarme porque sabes que me cargan los payasos.

Miras por el espejo retrovisor y haces una mueca, volteó para ver y me percato de que un coche plateado está detrás de nosotros. Lo conduce una mujer, un poco más joven que yo y quien nos mira algo enojada, la reconocí inmediatamente. Es ella, la de la foto en la cual tú la besas y le tomas la mano, al parecer te ha descubierto mitómano, como yo descubrí tus constantes mentiras.

Aceleras el coche y una gota de sudor cae por tu sien, eso te sucede sólo cuando estas nervioso. De nuevo suena tú móvil y como anteriormente no contestas, pienso en lo cobarde e incapaz que eres para no poder enfrentar tus propios problemas.
La mujer aún nos sigue, está unos coches más atrás que el nuestro. Aparcas en una zona no apta y te bajas sin decir nada, salgo también y el coche plateado se estaciona detrás de nosotros, la mujer baja y empieza a gritarnos.
- ¡Así que es ella! – dice la de la foto – ¡por ella no te quieres casar conmigo! – no dices nada, ¡como odio cuando te quedas callado!
- ¿Eres Daniela? – le pregunto y ella afirma con la cabeza – soy la mujer de este infeliz – te dirijo una mirada, te tocas el cabello y miras a todas las direcciones.

Se oye un estrepitoso ruido, una muchedumbre se viene acercando, te echas a correr hasta que te sumas al grupo de hombres que se apresuran calle abajo. Una vez más te has escapado y te sales con la tuya.

Happy B-Day


Era invierno y habían anunciado lluvia. Agustina que estaba en el baño dándose los últimos retoques antes de salir, miró nuevamente la fotografía de su ídola de juventud. Dibujó cerca de su boca el sensual lunar y pintó sus labios de un fuerte color rojo. Se arregló el escotado vestido blanco y salió hacia la sala en donde estaba Flavio, su esposo quien leía el periódico y bebía un chocolate caliente, volteó su rostro al percatarse de que su mujer entraba a la sala vestida como Marilyn Monroe.
- Voy a cantarle al presidente – le avisó Agustina mientras tomaba las llaves para salir de casa.

Flavio se levantó del asiento y salió tras de ella, sin lograr alcanzarla. La doble de Marilyn había tomado un taxi.
El taxista dejó a Agustina en la plaza de armas, aún no llovía pero el color gris del cielo anunciaba pronto un fuerte aguacero. Agustina se puso sobre los hombros el pañuelo para capear el frío reinante en el lugar y sacó de su bolso el espejo y los cigarrillos que le había robado a hurtadillas a Flavio y encendió uno. Nunca en su vida había fumado por encontrarlo poco femenino.

-Que te ves linda Marilyn, el presidente estará orgulloso con tu presencia en la Casa Blanca – se dijo mientras botaba una bocanada de humo.

La gente que pasaba frente a ella la miraban, algunos con lástimas y otros con indiferencia. Los más jóvenes empezaban a cantar “Happy Birthday” y ella le seguía algo desafinada con la letra.
Gozaba cantando e imitando los bailes de su ídola, hasta que formó un círculo de gente que la ovacionaba y repetían el “Happy Birthday to you”, no le importó cuando comenzó a llover torrencialmente, ella seguía con su espectáculo.
Flavio, el que le prometió ante el altar que la acompañaría hasta la muerte, había tomado un taxi en dirección plaza de armas, ese era el lugar al que siempre se dirigía su senil mujer. Distinguió a lo lejos un pequeño círculo que se iba achicando de a poco, bajó del taxi con paraguas en mano y ordenó al taxista que lo esperara. Corrió con dificultad, sus piernas le pesaban, su cuerpo no era el mismo de hace cuarenta años.

- Vámonos Agustina – le dijo mientras se sacaba la chaqueta y la ponía sobre los hombros de su mujer.

- Señor me confunde, soy Marilyn, Marilyn Monroe – le aseguró Agustina.

- Y yo soy el presidente Kennedy – dijo Flavio tomando la mano de su mujer. Ella le esbozó una sonrisa y le empezó a cantar en susurros la única canción que recordaba; “Happy Birthday”.

¿Perfecta Vida?


He decidido contar en estas hojas una vida que podría llamarla “Perfecta”, pero no, no es así. Claro, tengo una mamá, un papá y tres hermanos; Vicky que es la mayor, Sebastián que es el segundo y Gaspar mi mellizo. Soy bastante distinto a ellos y hasta creo que soy un bicho raro que alberga en la misma casa y que asiste a la misma secundaria. Pero por qué mi vida no es perfecta teniendo una familia tan numerosa y que parece feliz… simple y para ser más clara soy una maldita depresiva que debe ir al sicólogo cada jueves por la tarde.

Mamá dice que estoy en la típica edad en donde la depresión es el “boom” y para ella es algo pasajero lo que me ocurre, pero si tan solo me escuchara cuando necesito hablar con ella todo sería distinto y no me sumiría en estos putos sentimientos que guardo bajo siete llaves. Papá tiene casi el mismo concepto que mamá sobre la depresión y cada vez que trata hablar conmigo termina gritándome hasta llegar al punto de tratarme de loca.

Ahora me detengo y te pregunto ¿le puedo llamar a esto perfecta vida?

Otra vez Paula


Salí corriendo y escabulléndome entre el gentío que se encontraba a esa hora en el lugar. Muchos me miraban con recelo mientras caminaba descalza y apenas cubierta con una bata, debo admitir que poco me importó, siempre me habían mirado como un bicho raro.

Seguí corriendo hasta llegar a casa, pensando en qué dirían mis padres al verme, y en la explicación que les daría. De seguro mi vieja se pondría histérica, me gritaría, mientras que papá me preguntaría como siempre “¿Otra vez Paula?” y llamaría al sanatorio, luego me vendrían a buscar, como otras tantas veces en las cuales dejaba de tomar las medicinas y yo de pasada maldeciría a todo el mundo, por lo que deseché de inmediato la idea de ir adonde mis padres.

Crucé la avenida y fui directamente a la tienda que está cerca de mi casa, tomé un maniquí y lo arrastré a los probadores mientras la dependienta se encontraba atendiendo a un cliente. Me calcé la ropa, salí rápidamente para no ser descubierta.

Estando ya en la calle lo vi a él, el hombre con el cual tantas veces había soñado, el que en mis delirios había prometido que me vendría a buscar y a quien creía mío. Estaba acompañado de una mujer pálida y delgada, me dirigió una mirada que me hizo pensar que ya me había reconocido, por lo que decidí seguirlo hasta el hotel donde se alojaba, maquinando por el camino la forma de abordarlo, sería mucho más fácil si se encontrara solo me decía para tranquilizarme, ya que la paciencia no es mi mayor virtud. Esperé largo rato frente al hotel para ver si volvía a salir, de pronto vi a alguien en el balcón. Crucé a toda prisa la explanada que separa el hotel de la calle, la poca costumbre de usar tacones me hizo rodar por el suelo, ensuciando la ropa recién adquirida. Me levanté más enfadada aún limpiándome la pollera e increpándolo por la larga espera, no recibí respuesta. Crucé el lobby del hotel y subí apresuradamente las escaleras hasta el tercer piso, decidida a entrar a la habitación, llamé a la puerta con un ligero golpe, la ira manaba por cada poro de mi piel. Sentí que alguien del otro lado sacaba el cerrojo, ahí frente a mí estaba mirándome sin entender nada.

Lo miré detenidamente, realmente este hombre que estaba frente a mí no era al que buscaba. Sin decir nada salí corriendo hasta llegar a casa, me detuve frente al edificio de mis padres pensando en qué les diría.

Toqué el timbre y abrió papá, me miró asombrado balbuceando la frase que ya me había aprendido de memoria “¿otra vez Paula?”.

REMEMBER



Llegó a la cabaña y sintió el olor a moho y a humedad característico de las cabañas que se mantienen cerradas por una larga temporada. Abrió las ventanas y dejó que el viento se introdujera por aquellas rendijas e invadiera con el aroma del bosque la casa.

Respiró hondamente absorbiendo cada partícula de aire campestre que luego se iría a albergar en sus pulmones, cerró los ojos y se concentró en escuchar la naturaleza. Oyó con atención cada sonido de los pájaros, el ulular del viento que chocaba contra las cortinas tratando de llevárselas y el río… ese torrente que chocaba con cada piedra en su camino, fue entonces que abrió los ojos y una sonrisa se apoderó de su rostro.

Salió de casa y se introdujo por la hiedra, sentía más aproximado el sonido del agua. Empezó a sacarse los zapatos y caminó descalza por el pasto que se enredaba entre sus pies, sacudió levemente su pierna cuando sintió cosquillas en ella. Una chinita caminaba traviesa por sus largas piernas y al sentir el movimiento que ella hacía sacó sus alas y se perdió en la nada.

Siguió a paso lento observando cada rincón del camino que llegaba al río, el fresco aire chasconeaba su cabello llevando pequeños mechones hacia su rostro mientras ella los despejaba divertida.

Se detuvo cuando llegó a la ribera del río y vio en el otro lado el abeto, la eterna casa del búho y fue entonces cuando recordó su niñez.

Se metió a las cálidas aguas disponiéndose a cruzar el torrente, iría a buscar lo que perdió aquel treinta de octubre del ochenta mientras escapaba de los hombres de verde que pululaban esos sectores aferrada de la mano de su madre.

Cuando se encontró frente al abeto se arrodilló y lloró por largos instantes, nunca se había atrevido a cruzar porque el miedo le invadía, entonces apoyó sus mojadas manos en la tierra cuando notó un destello plateado, restregó sus ojos ensuciando su redonda cara y tomó aquella pieza que había perdido… La cadena de plata que usaba su madre, la misma que llevaba puesta hace treinta años cuando un disparo se apoderó del bosque, de esa forma hiriéndola de muerte.

Guardó la gargantilla en silencio y regresó a la cabaña que había dejado hace unos momentos con el olor a moho y humedad.

Encendió la chimenea y se sentó frente a ella, encendió un cigarrillo, tomó el cuadernillo en el que solía escribir sus historias y que a muchos encantaban.

Había vuelto a encontrar la felicidad al encontrar la cadena que ahora llevaba puesta en su largo cuello, único recuerdo que tenía de su progenitora ya que su cuerpo jamás fue encontrado.