
Salí corriendo y escabulléndome entre el gentío que se encontraba a esa hora en el lugar. Muchos me miraban con recelo mientras caminaba descalza y apenas cubierta con una bata, debo admitir que poco me importó, siempre me habían mirado como un bicho raro.
Seguí corriendo hasta llegar a casa, pensando en qué dirían mis padres al verme, y en la explicación que les daría. De seguro mi vieja se pondría histérica, me gritaría, mientras que papá me preguntaría como siempre “¿Otra vez Paula?” y llamaría al sanatorio, luego me vendrían a buscar, como otras tantas veces en las cuales dejaba de tomar las medicinas y yo de pasada maldeciría a todo el mundo, por lo que deseché de inmediato la idea de ir adonde mis padres.
Crucé la avenida y fui directamente a la tienda que está cerca de mi casa, tomé un maniquí y lo arrastré a los probadores mientras la dependienta se encontraba atendiendo a un cliente. Me calcé la ropa, salí rápidamente para no ser descubierta.
Estando ya en la calle lo vi a él, el hombre con el cual tantas veces había soñado, el que en mis delirios había prometido que me vendría a buscar y a quien creía mío. Estaba acompañado de una mujer pálida y delgada, me dirigió una mirada que me hizo pensar que ya me había reconocido, por lo que decidí seguirlo hasta el hotel donde se alojaba, maquinando por el camino la forma de abordarlo, sería mucho más fácil si se encontrara solo me decía para tranquilizarme, ya que la paciencia no es mi mayor virtud. Esperé largo rato frente al hotel para ver si volvía a salir, de pronto vi a alguien en el balcón. Crucé a toda prisa la explanada que separa el hotel de la calle, la poca costumbre de usar tacones me hizo rodar por el suelo, ensuciando la ropa recién adquirida. Me levanté más enfadada aún limpiándome la pollera e increpándolo por la larga espera, no recibí respuesta. Crucé el lobby del hotel y subí apresuradamente las escaleras hasta el tercer piso, decidida a entrar a la habitación, llamé a la puerta con un ligero golpe, la ira manaba por cada poro de mi piel. Sentí que alguien del otro lado sacaba el cerrojo, ahí frente a mí estaba mirándome sin entender nada.
Lo miré detenidamente, realmente este hombre que estaba frente a mí no era al que buscaba. Sin decir nada salí corriendo hasta llegar a casa, me detuve frente al edificio de mis padres pensando en qué les diría.
Toqué el timbre y abrió papá, me miró asombrado balbuceando la frase que ya me había aprendido de memoria “¿otra vez Paula?”.

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