
Eran las 23:00 horas de un frío día de invierno. Cogió la carretera y enfiló hacia el sur con un sólo objetivo en su mente, llegar pronto al Casino para saciar los deseos de jugar, esos deseos que lo hacían convulsionar a veces. No recordaba como había empezado todo y por nada reconocía la adicción por el juego.
Miró el escaso dinero que llevaba en la billetera, era todo lo que tenía, habían acabado los tiempos de opulencia económica, todo perdido en el juego. Lo único que no aposté fue mi familia e igualmente la perdí, pensó con amargura.
Apostó todo al número tres, mientras se dirigía a la barra como de costumbre a buscar el whisky que le preparaba con tanto cariño la barwoman. Aposté al número que me ha traído todas las desgracias, pensó, mientras regresaba al juego, la ruleta ya había terminado de girar y la flecha apuntaba al número tres, ha ganado señor Israel le dijo la crupier, sí ha ganado un millón de pesos. Por un momento se quedó impávido, recogió las fichas guardándolas en el bolsillo del gabán para regresar a la barra. Se quedó ahí por largo rato disfrutando del whisky y de la charla que le mendigaba a la barwoman.
No volvió al juego lo que era raro en un jugador compulsivo, ni siquiera se dio el trabajo de cambiar las fichas, de tanto en tanto se llevaba la mano al bolsillo y las tocaba como para asegurarse de que estuvieran ahí.
A las 04:00 am enfiló su regreso, el aire y la neblina lo terminaron de embriagar, no sabía a donde ir, conducía sin rumbo y sin prisa. Hasta aquí llego, dijo de pronto apagando el motor del coche en medio de la carretera, a pocos pasos de la caseta del guardavía quien estaría durmiendo la pea de aquella noche fría, mejor aún, se dijo con voz casi imperceptible , ahora sólo me queda esperar. Ocupó su tiempo en repasar cada capítulo de su vida no encontrando nada que lo hiciera desistir de tamaña decisión, era mucho el daño hecho, pensó en sus hijas, en lo mal padre que había sido en que ya no habrían más juergas, más minas y en un sinfín de cosas de su mente borracha mientras oía el silbido del tren cada vez más cerca, miles de imágenes pasaban raudas por su cabeza, nada de que aferrarse y de pronto ¡plum! ¡Plaff! El tren lo arrastraba a más de doscientos metros.
Al amanecer lo encontró el guardavía de turno entre los hierros retorcidos, irreconocible y con una ficha en el gabán.
Los noticiarios reportando el “accidente”, uno más para los anales de estadísticas.

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