domingo, 21 de febrero de 2010

REMEMBER



Llegó a la cabaña y sintió el olor a moho y a humedad característico de las cabañas que se mantienen cerradas por una larga temporada. Abrió las ventanas y dejó que el viento se introdujera por aquellas rendijas e invadiera con el aroma del bosque la casa.

Respiró hondamente absorbiendo cada partícula de aire campestre que luego se iría a albergar en sus pulmones, cerró los ojos y se concentró en escuchar la naturaleza. Oyó con atención cada sonido de los pájaros, el ulular del viento que chocaba contra las cortinas tratando de llevárselas y el río… ese torrente que chocaba con cada piedra en su camino, fue entonces que abrió los ojos y una sonrisa se apoderó de su rostro.

Salió de casa y se introdujo por la hiedra, sentía más aproximado el sonido del agua. Empezó a sacarse los zapatos y caminó descalza por el pasto que se enredaba entre sus pies, sacudió levemente su pierna cuando sintió cosquillas en ella. Una chinita caminaba traviesa por sus largas piernas y al sentir el movimiento que ella hacía sacó sus alas y se perdió en la nada.

Siguió a paso lento observando cada rincón del camino que llegaba al río, el fresco aire chasconeaba su cabello llevando pequeños mechones hacia su rostro mientras ella los despejaba divertida.

Se detuvo cuando llegó a la ribera del río y vio en el otro lado el abeto, la eterna casa del búho y fue entonces cuando recordó su niñez.

Se metió a las cálidas aguas disponiéndose a cruzar el torrente, iría a buscar lo que perdió aquel treinta de octubre del ochenta mientras escapaba de los hombres de verde que pululaban esos sectores aferrada de la mano de su madre.

Cuando se encontró frente al abeto se arrodilló y lloró por largos instantes, nunca se había atrevido a cruzar porque el miedo le invadía, entonces apoyó sus mojadas manos en la tierra cuando notó un destello plateado, restregó sus ojos ensuciando su redonda cara y tomó aquella pieza que había perdido… La cadena de plata que usaba su madre, la misma que llevaba puesta hace treinta años cuando un disparo se apoderó del bosque, de esa forma hiriéndola de muerte.

Guardó la gargantilla en silencio y regresó a la cabaña que había dejado hace unos momentos con el olor a moho y humedad.

Encendió la chimenea y se sentó frente a ella, encendió un cigarrillo, tomó el cuadernillo en el que solía escribir sus historias y que a muchos encantaban.

Había vuelto a encontrar la felicidad al encontrar la cadena que ahora llevaba puesta en su largo cuello, único recuerdo que tenía de su progenitora ya que su cuerpo jamás fue encontrado.


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